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viernes, 23 de abril de 2010

Si no fuera por chuchi




Con mucha tristeza la veo relegada a un segundo plano, quietecita, totalmente calladita e ignorada por muchos. Así permanece ahora en la redacción la máquina de escribir Olivetti, la misma que en otros tiempos fue tan discutida y disputada como lo son ahora las computadoras.


Quien me iba a decir en 1972 cuando comencé a trabajar, que 37 años después la computación, Internet y la Red de Redes iban a ser mis mayores dolores de cabeza.


Si no fuera por mi colega Jesús, o Chuchi como cariñosamente le digo, no sé qué sería de mí en los constantes viajes por el mundo del ciber espacio o cuando tengo que configurar la impresora.

No terminaría nunca si me pusiera a contar las tantas metidas de patas que cometo a diario pero por aquello de que no importa caer sino saber levantarse, aquí me tienen una vez más, con miedo a meter el dedo donde no va o a aceptar lo que no debo, pero cacharreando como lo hice una vez en la máquina de escribir, porque para eso tengo al lado, en otra computadora a Chuchi.



Como si fuera poco para estos 55 años, ahora además de publicar en TV Santiago tengo un blog “DE LA ALPINIA Y OTRAS MALAS HIERBAS” y un sitio en facebook y ya estoy tratando de entrar en twiter y no lo niego, hay veces que estoy tremendamente agotada, pero el oficio puede más, y es cuando me siento delante de la máquina, entiéndase computadora, y desafiando el dolor de la cervical, me impongo y escribo.

Porque oiga, yo no sé que bicho raro es el periodismo que cuando te pica te contagia para toda la vida y con el avance de la tecnología el contagio es peor, es como una pandemia que nos coge y solo nos suelta cuando partimos hacia el nunca más, y eso porque todavía nadie ha dicho nada al respecto.

Ahora me doy cuenta que los adultos somos tan o más curiosos que los niños porque por mucho dolor de cuello y de mano que me produzca estar sentada en una computadora, ahí pretendo estar hasta el último día de mi existencia porque claro está, que al margen del espacio virtual no me pretendo quedar y si el avanza yo avanzo, porque para eso tengo a Chuchi, mi joven colega siempre dispuesto a darle una mano a esta cincuentona y a cuanta persona lo necesite.

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miércoles, 7 de abril de 2010

Vilma, por siempre y para siempre.




No retengo en la memoria la fecha exacta en que la vi por primera vez, tampoco la segunda ni la tercera, pero lo que sí recuerdo como si lo estuviera viviendo en este instante, fue la impresión que me causó cuando estuve cerca de Vilma por primera vez.

Fue durante un recorrido que hizo por Santiago de Cuba cuando se daban los primeros pasos para la ejecución del parque Frank País García en esta ciudad.

En esa oportunidad lo que más me impacto fue el sentido de pertenencia con que hablaba de su ciudad natal y de muchos pasajes de su vida que mantenía vivos y la alimentaban en su quehacer diario.

Como parte de la visita recorrió la que en otra época fue La Normal, sitio donde estudió Frank. Allí lo evocó, habló de su valentía, de su educación y de cómo lograba que siendo aún tan joven lo respetaran y siguieran. Habló con mucho amor y dolor por la pérdida irreparable.

Con el tiempo participé en una reunión de la Federación de Mujeres Cubanas que ella presidió, ya por entonces no andaba bien de salud y sin embargo no lo demostraba, nos percatábamos por las compañeras que la rodeaban.

Pero su dulzura, esa dulzura era lo que más impresionaba, la palabra precisa dicha con amor, el sabio consejo a tiempo, una palmada en el hombro, son esas las cosas que mejor recuerdo de Vilma, una mujer excepcional que creció aún sin proponérselo.

Ayer durante el panel que se efectuó en la Universidad de Oriente, donde habló su amiga Asela, su compañero de estudios Juanelo y Surina su compañera de trabajo, me pareció que el tiempo no pasaba.

Y no miento, lloré en silencio, porque si quienes la tuvieron de cerca no lo hicieron, porque yo que solo unos poquiticos minutos de su vida estuve a su lado.

La noticia de su muerte nos conmovió a todos, pero justo ayer me di cuenta que hay personas que nunca mueren, y ese es el caso, ella permanece entre nosotros y de nosotros dependerá que así sea para las futuras generaciones.

Por eso me agradó la propuesta que hicieran trabajadores y estudiantes de la Universidad de Oriente, de hacer la cátedra Vilma Espín y de hacer un reconocimiento a través de una medalla o una condecoración a quienes como ella, sobresalgan durante la vida estudiantil por su integralidad.